Dedicatoria
A mis hijos, que no vinieron a cumplir mis sueños, sino a sembrar los suyos. Gracias por enseñarme que el amor verdadero no controla, no exige, no repite… solo acompaña, respeta y confía.
ESPEJO DE AYER
“No somos dueños del camino de nuestros hijos, solo guardianes de su libertad. Ellos no vienen a repetirnos, sino a reinventarnos con su propia luz.”
No le digas a tu hijo lo que tiene que hacer. Escúchalo, oriéntalo y déjalo caminar. No importa si se equivoca, si tropieza o si lo ves caer. Los tropiezos, las caídas y los errores son necesarios para aprender, crecer y encontrar su propio rumbo.
Los hijos son el espejo en el que nos vimos ayer. En ellos se reflejan nuestras frustraciones, nuestros errores y aquello que no supimos hacer. En ese espejo de hoy proyectamos tristezas, rabias y miedos que arrastramos sin comprender que todo lo bueno o lo malo que fuimos, lo hemos vaciado en ese molde… y ahora, al mirarnos en él, intentamos con reproches o castigos borrar lo que ya fue
Tu imagen vive en sus adentros, porque eres parte de él. Donde vaya, donde se encuentre, cuando hable, cuando calle, y en lo que haga… será tu sombra la que lo acompañe, aunque él no lo entienda. Cuando lo reprendas, castigues, insultes u ofendas, quizás sea tu propio yo, tu propio dolor, el que aparece en ese momento intentando lavar las culpas que llevas desde aquel ayer.
Educar no es imponer. Es acompañar. Es sanar en nosotros lo que no queremos heredar.
Epílogo
El espejo de ayer no está para juzgar, sino para comprender. Mirarnos en nuestros hijos es descubrir las huellas que dejamos sin querer, los silencios que heredamos y los gestos que se repiten. Pero también es la oportunidad de sanar lo que no supimos decir, de abrazar lo que no supimos cuidar. El pasado no puede cambiarse, pero sí puede resignificarse. Y cuando dejamos de proyectar nuestras sombras en ellos, empezamos a ver su luz con claridad. Porque educar no es corregir lo que fuimos, sino acompañar lo que ellos están siendo.
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