🎁 Dedicatoria
A ese niño que fui, que lloró al nacer y soñó despierto entre las plantas del jardín. A su sombra fiel, que nunca lo abandonó. A todos los que alguna vez se sintieron extraños en su propia piel, y aprendieron a abrazar su verdad sin pedir permiso.
MI PROPIO MAL
“El alma no nace cuando el cuerpo respira, sino cuando el yo se reconoce en su sombra.” — R.B.M.
Cuando nací, lloré. Lloré para anunciar mi llegada a este mundo. Lloré porque dejé atrás la zona de confort, la calidez del vientre materno. Lloré porque abandoné el lugar donde no sentí hambre, ni sed, ni frío. Donde no hubo ayer ni mañana, donde el tiempo era eterno. Dormía y despertaba sin ver amanecer ni anochecer. Vivía en un paraíso ausente de realidad, donde la soledad era mi fiel compañía.
Ahora estoy aquí, en este mundo nuevo, sin otra alternativa que vivir o morir. Llorar cuando tengo hambre, cuando tengo sed o cuando tengo frío. Gemir cuando necesito amor o abrigo. Entristecerme cuando me siento solo y alegrarme cuando recibo afecto. Hacer rabietas para expresar mi enfado ante el retardo y el desaliento. Es mi forma primitiva de decir lo que siento. No tengo otra manera. Es mi yo profundo, mi propio mal, que habla desde los adentros.
Con el correr de los años, aprendí a decir y hacer las cosas de otra manera. Una forma más civilizada, más aceptable para el entorno familiar y social. Me coloqué la máscara del deber ser y maquillé mi rostro para mostrarlo ante el mundo. Aprendí a callar y guardar sentimientos, a ocultar arrebatos para evitar castigos y resentimientos.
He visto pasar el tiempo, y mi yo sigue existiendo, oculto bajo la máscara que me he puesto. Sin él no puedo vivir. Es mi energía, mi motor interno. Me enseñó a amar, a llorar, a apreciar las pequeñeces con humildad. También a sentir rabia cuando la injusticia me arrebata lo que amo. Es mi sombra. No la niego ni puedo ocultarla. Es parte de mí y siempre está presente.
La veo en el niño que ríe, que llora, que hace rabietas. La siento en el adolescente inestable, rebelde, enamorado y soñador. La reconozco en mis momentos de nostalgia, cuando sueño despierto, cuando percibo atracción o rechazo, cuando la soberbia ajena me enmudece.
Hoy acepto al yo que llevo dentro, con sus errores y aciertos, sus alegrías y desalientos. Es mi propio yo, mi propio mal, que aparece de tiempo en tiempo y solo sabe decir lo que siento. Es la sombra que me acompaña y me inspira. No puedo ocultarla ni negarla, porque soy yo mismo haciendo vida en mis adentros.
"Aceptar el yo profundo no es rendirse ante la oscuridad, sino reconocer que la luz también nace de ella. La sombra no es enemiga, es testigo. Nos recuerda que somos más que lo que mostramos, que la autenticidad no se maquilla, se honra. Y que vivir plenamente es permitir que el alma hable, aunque a veces lo haga llorando"
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